Volver al blog

Pienso, luego comparto

18 mayo 2026

La comunicación se parece al aire. Forma parte de nuestra existencia y la tenemos tan interiorizada que olvidamos que existe. Hablamos, leemos, compartimos, opinamos, reenviamos información, damos por cierto lo que nos llega al teléfono y seguimos con el día. Nadie se detiene a preguntarse cómo respira. Con la información, muchas veces, pasa algo similar.

Los datos confirman esta corazonada. Según el Digital News Report del Reuters Institute, elaborado a partir de casi 100.000 encuestados en 48 países, el 58% de las personas "están preocupadas por su capacidad para distinguir qué es verdadero y qué es falso" de los contenidos que leen en internet.

El mismo informe registra que cuatro de cada diez personas en el mundo evitan las noticias de manera frecuente u ocasional, el número más alto desde que comenzó la medición en 2017. Las razones son varias: el impacto negativo en el estado de ánimo, el agotamiento ante la sobrecarga informativa y la sensación de impotencia frente a conflictos y crisis permanentes. Los más jóvenes, además, dicen que las noticias les resultan difíciles de seguir o comprender. Como consecuencia, una parte creciente de la población tiende a retirarse de la conversación pública.

Mientras tanto, la desinformación no descansa. En nuestro continente, el estudio de Sherlock Communications establece que en Perú el 33% de las personas admite haber creído alguna vez un contenido desinformativo difundido en redes sociales. Un dato del MIT, citado en el mismo contexto, señala que las publicaciones falsas se propagan hasta seis veces más rápido que las verificadas.

En tanto, la generación de contenidos con inteligencia artificial agrava el cuadro.

Pienso, luego comparto

Contagiar el criterio desde los cimientos

Todo el mundo pone en práctica la comunicación, pero no todos la estudian. Es una de esas competencias que damos por adquiridas, como caminar, y por eso mismo queda fuera de cualquier formación deliberada. Que un adolescente sepa deslizar el dedo sobre una pantalla con destreza no significa que entienda lo que consume, del mismo modo que un adulto puede leer una entrada sin haber evaluado quién la escribió, con qué fuentes o desde qué interés.

Somos seres que se forman en entornos culturales. La infancia necesita de mediación cultural, necesita un adulto que introduzca al recién llegado en un mundo que no creó. Lo mismo vale, en realidad, para cualquier persona frente a un ecosistema de información que cambia más rápido de lo que puede procesar. Es una responsabilidad que atraviesa la familia, el Estado, la organización y la comunidad.

En Uruguay, un boletín de PISA publicado por la ANEP muestra que el 43,5% de los estudiantes de 15 años declara haber aprendido en su centro educativo a detectar si una información es subjetiva o tendenciosa. El porcentaje es de los más bajos entre los países que participaron en la prueba. Si eso es lo que ocurre con quienes todavía están en el sistema educativo, la pregunta sobre qué herramientas tienen los adultos para manejarse en el mismo entorno se responde casi sola.

La experiencia profesional de parte del equipo de Wecom en verificación de desinformación demuestra que este tipo de contenidos circula de múltiples maneras: fotos fuera de contexto, publicaciones sin fuentes verificables, entradas humorísticas descontextualizadas o imágenes sintéticas. Asimismo, concluye que, aunque en muchos casos verificar estos contenidos requiere una investigación periodística rigurosa, en otros alcanza simplemente con una búsqueda inversa de imágenes o con identificar incongruencias para descartar su autenticidad.

Lo que esto significa para las organizaciones

Para quien trabaja en comunicación, estos números deben llamarles la atención de manera directa. Las organizaciones no operan en el vacío sino en un entorno donde la confianza se encuentra desgastada, donde los públicos están fatigados, donde la información compite contra la desinformación y donde las herramientas para distinguir una de otra tienden a ser un recurso escaso y no adquirido.

El Edelman Trust Barometer de 2026, que encuestó a casi 34.000 personas en 28 países, confirma que la desinformación es uno de los cinco factores que más han deteriorado la confianza en los últimos cinco años; el 50% de los encuestados la señala como causa directa de su desconfianza hacia personas e instituciones. A esto se suma un dato que merece que nos detengamos: siete de cada diez personas en el mundo declaran que no están dispuestas a confiar en alguien que tenga valores, fuentes de información o visiones del mundo diferentes a las propias.

Esto deja en evidencia que la gente tiende a replegarse sobre sus propias certezas, refugiarse en sus círculos afines y consumir contenidos que confirman lo que ya creen. Mientras tanto, la conversación pública se achica y se fragmenta.

La comunicación como cultura

Existe una idea incorporada y simple que conviene abandonar: la de que comunicarse bien es un talento individual, algo que algunas personas tienen y otras no. La comunicación, en realidad, es una práctica cultural que se aprende, se entrena y se discute. Verificar un contenido antes de compartirlo es un acto de comunicación. Preguntarse quién dice lo que dice, y por qué, también lo es. Leer dos coberturas de un mismo hecho y notar las diferencias es un ejercicio de ciudadanía que nunca se identifica como tal.

Finlandia, por ejemplo, lo entendió hace más de una década. Desde 2014, su currículo nacional incluye la alfabetización mediática como una de las siete competencias transversales obligatorias a lo largo de toda la educación. El país ocupa desde entonces el primer puesto en el Media Literacy Index que publica el Open Society Institute, un ranking que mide la resistencia de las sociedades europeas frente a la desinformación. El caso finlandés confirma que la capacidad de leer críticamente la información es algo que se cultiva.

La pregunta que queda es para quién. Porque la alfabetización mediática no debería ser una preocupación exclusiva de los sistemas educativos, de los medios de comunicación o de los consultores con sus clientes. Las empresas, las instituciones, los equipos de comunicación, los líderes de organizaciones grandes y pequeñas están en contacto permanente con públicos que navegan en este mismo ecosistema de incertidumbre. Cada vez que una organización comunica con claridad, cita sus fuentes, contextualiza un dato, renuncia al titular engañoso o admite lo que no sabe, está enseñando una forma de relacionarse con la información.

El informe People Risk 2026, publicado por Marsh a partir de encuestas a más de 4.500 profesionales de recursos humanos en el mundo, ubica la alfabetización insuficiente sobre amenazas cibernéticas como el riesgo número uno para las organizaciones este año. El 45% de las empresas encuestadas declara que capacitar a sus empleados para identificar desinformación generada con inteligencia artificial es una prioridad, pero aún no lo hacen. La barrera principal es que el 47% reporta resistencia entre los empleados, asociada al miedo y a la fatiga frente al cambio.

Pensar no es eficiente y eso está bien

La aceleración del ecosistema mediático ha instalado una lógica de velocidad que afecta tanto a quienes producen información como a quienes la reciben. La respuesta inmediata se premia, penalizando la duda. Y en ese ritmo, el acto de detenerse a pensar, a contrastar, a preguntarse si lo que acaba de llegar al teléfono es cierto, se siente como una pérdida de tiempo.

No lo es. Cuestionar lleva tiempo porque implica tolerar la incertidumbre, comparar versiones y aceptar que una primera impresión puede estar equivocada. Eso vale para un ciudadano que recibe un mensaje viral y vale para un equipo de comunicación que redacta un comunicado. A veces por cuestiones de apuro podemos pasar de informar a confundir, sin malas intenciones. No condicionarnos por la inmediatez debe ser una condición primordial.

La desinformación va a seguir creciendo. Las herramientas de generación automática de contenidos la multiplican a una velocidad que ningún observatorio puede seguir en tiempo real. Frente a eso, la única defensa de largo plazo es una cultura de la comunicación que valore ser crítico por encima del ser rápido, que entienda la verificación y la reflexión como un hábito y que asuma que pensar la información antes de usarla es parte del oficio de vivir en sociedad.

Seguir leyendo

Gestión reputacional en la era del screenshot
Enfoque

Gestión reputacional en la era del screenshot

Una conversación privada mal gestionada puede volverse crisis pública en segundos. El screenshot redefinió lo privado y lo público: la gestión reputacional empieza mucho antes que la crisis.

19 mayo 2026Leer →
La comunicación digital bajo el riesgo de la "burocratización"
Enfoque

La comunicación digital bajo el riesgo de la "burocratización"

La obsesión por cumplir calendarios y formatos ha derivado en una "ritualización" que vacía de sentido a las marcas. Analizamos el informe de Dentsu y por qué el futuro exige volver a mirar el negocio real antes de postear.

03 mayo 2026Leer →
¿Por qué un hub?
Institucional

¿Por qué un hub?

La comunicación hoy exige reconocer su complejidad inherente. Las soluciones estandarizadas no alcanzan: cada contexto demanda metodología, criterio y responsabilidad.

15 abril 2026Leer →